El profesor que me descubrió a Kapuscinski
Confesaba hoy Gemma Nierga que al enterarse de la muerte de Kapuscinski, se le coló en la mente Iñaki Gabilondo. A mi me pasa que cada vez que me encuentro con el nombre del periodista polaco, de forma automática aparece el de mi profesor de redacción periodística (2º de carrera), Bernardino M. Hernando. Lo de que guarden cierta similitud física es lo de menos. Lo de más, que fue él quien me descubrió (nos descubrió) a Kapuscinski y, sobre todo que, con su forma de ser y de enseñar, hizo suya aquella célebre sentencia de que Los cínicos no sirven para este oficio.
Porque Bernardino era (es, espero) una buena persona. Y no sólo porque con ir a clase y hacer un par de trabajos ligeros aprobaba, no: es que era buena gente de verdad. Nos conocía a todos por nuestro nombre, nos invitaba a comer a su casa y, ahí va eso, eruditos catedráticos, volcaba toda su sabiduría no en putearnos con teorías pastosas y mierdas por el estilo, sino en transmitirnos su amor hacia el periodismo y en enseñarnos a escribir bien.
¿Y qué era para Bernardino escribir bien? Pues aparte de escribir con correción, por supuesto, escribir con sencillez. Nada más. Y nada menos, joder. Él fue quien me explicó que una deflagración no es una explosicón (a muchos redactores parece que no se lo han explicado), o que la horrorosa construcción de infinitivo aéreo seguido de 'qué' es incorrecta: "Decir que, señalar que, apuntar que...". Regla de oro: lo que se pueda decir en una palabra, se dice en una palabra y no en dos ni en tres. Su credo. Y sobra.
Mejor o peor, como escribo es en buena parte culpa de Bernardino. Me invitó a limar las arabescas construcciones sintácticas y léxicas que convertían mis escritos de segundo de carrera en jeroglíficos, y el cambio fue como de la noche al día.
Su método no incluía importanciosas explicaciones de voz engolada ni citas aristotélicas: corrección de textos publicados en los periódicos del día, diez minutos de escritura, charleta amable de batallitas de redacción, recomendaciones literarias... y asistencia a clase. El examen ya nos lo haría la vida; él, no, porque no concebía la docencia como una serie de procedimientos encauzados a superar el cinco, sino como aprendizaje.
Y fue ahí, en las batallitas de redacción y en las recomendaciones de lectura, donde me encontré por primera vez con Kapuscinski. Bernardino lo adoraba. Nos recomendó Ébano, aunque yo preferí el brutal Cabeza de turco, de Günter Wallraff. Un año después, Ébano me estaba acompañando en todos mis trayectos por el metro de Madrid. Cuando termine Oh Jerusalén, pienso hincarle el diente a El Imperio.
Hoy, 24 de enero, San Francisco de Sales, patrón de los periodistas, y con Ryszard Kapuscinski de cuerpo presente, vaya mi homenaje al profesor que hizo carne aquello de que los cínicos no sirven para este oficio. Lástima que no sea verdad.

Rosa J.C. dijo
¿Sabes qué?
La semana pasada me encontré con él en la APM. Más majo. Bueno, como siempre. Me preguntó que qué tal: "Bien, Berni, como siempre. Dando guerra". Con su voz de carraspera: "Siempre fuiste muy guerrera tú, hasta en la clase...". ¿Sabías que Alfonso en Madrid vivía en el bloque de al lado de él? ¿Qué escribía el suplemento de religión en Informaciones?
Tenemos que quedar un día a comer los sandwiches de queso con chorizo.
25 Enero 2007 | 12:12 AM