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La Coctelera

Cuchilladas

Tajos de pensamiento para descongestionar una vida hipertensa

17 Noviembre 2006

Kiko y sus amigos

Desde aquella tarde de sábado de hace ya ¿diez, once, doce años? no sólo se iban a cocer barras de pan en el horno de Charco: también canciones. Dos guitarras españolas, una voz, una grabadora de cassete, ingenuidad, ilusión e incluso talento. Con eso salían adelante los temas de Kiko y sus amigos.
Y aquella tarde de sábado, después de grabar nuestro primer y a la postre más emblemático éxito, El número marcado no existe, salimos del horno-studio más flipados que si acabáramos de follar por primera vez -la de años que tuvieron que pasar, por cierto-.

Al bombazo compuesto por Alberto (voz y coros), le siguieron My porro, Veste a la mili, Dame bocadillo y otras muchas jollitas que iban pasando de la cabeza al papel con el run run de fondo de la profesora de inglés, del pobre hombre que intentaba enseñarnos matemáticas y de otros docentes sin autoridad que sufríamos y a los que hacíamos sufrir.
Los ensayos y las grabaciones se sucedían en mi casa, en el horno de Charco (el padre de Pepino) o en casa de Alberto. Nos enseñábamos los nuevos temas que habíamos compuesto, los tocábamos un par de veces y a grabar. Al llevarlo tan poco trabajado salía muy espontáneo. Nos gustaba.
Llegamos a un punto de madurez -personal y profesional- tal que elegíamos números de teléfono al azar a los que llamábamos para que escucharan nuestras canciones y nos dieran una opinión (aquello terminó derivando en llamadas en las que nos hacíamos pasar por personas que no éramos, pero esa es otra e inconfesable historia).
La tortura del conservatorio (sobre todo las clases de solfeo) se fue haciendo insostenible. Alberto y yo abandonamos el barco a la vez, Pepino (entonces Agustín) siguió perdiendo el tiempo unos años más y llegó incluso a primero o segundo de armonía, nos hacíamos mayores, aprendimos a beber y a crecer sin follar, Kiko y sus amigos dejó de ser importante, nos vendimos al sistema, haz una carrera, búscate una hembra, cómprate ropitas caras... no puedo seguir.
Por qué nos tuvimos que hacer mayores.


[Primavera del 98. Kiko y sus amigos con Carlos (el barbas, nuestro profesor de guitarra), ya vendidos al sistema]

[Invierno de 2005. Kiko y sus amigos, ya derrotados por el sistema]

servido por cuchilladas 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Pepino

Pepino dijo

Joder, casi suelto una lagrimilla... Iba a decir que daba pena vernos ahora, pero la verad es que siempre hemos dado pena.

Deberíamos regrabar algo, yo creo que tengo las letras originales de nuestro puño y letra. Buscaré.

17 Noviembre 2006 | 06:21 PM

Marta

Marta dijo

Tendrás quejas de la hembra que has encontrado, eh?

20 Noviembre 2006 | 10:26 AM

alberto

alberto dijo

Se me ocurren tantas cosas que poner en este comentario que mejor me lo voy a guardar para mí. Y me lo voy a guardar porque si no tendría que ponerme serio. Tendría que ponerme a pensar si estubo bien dejar el conservatorio, si estubo bien perder tantos años en el instituto, si estubo bien perder otros dos en el módulo, o si está bien lo de ahora. Así que mejor me lo callo. Eso sí, reconozco que se me han puesto los pelos de punta y se me ha caido una lagrima al acordarme de todo aquello, y mas de una cuando he buscado la cinta y me la he tragado entera. Eres un cabrón Isra, con lo tranquilo que estaba yo jugando a la play sin pensar en nada mas que hacer una bicicleta con TAVANO y dejar sentao a CASILLAS.

21 Noviembre 2006 | 04:45 PM

Niño Burbuja

Niño Burbuja dijo

Ntschs, si me pones 'estubo' desde luego que has perdido el tiempo en el instituto, macho, que pareces un periodista antes de utilizar el corrector automático.
En cuanto al conservatorio, el error fue no retirarnos en plenitud. Nos sobraron un par de años.
Ya me dejarás la cinta que vamos a colgar las canciones en la red.

21 Noviembre 2006 | 07:31 PM

Los comentarios están cerrados


Sobre mí

No elegí nacer en aquel lugar ni en aquel momento -ni siquiera elegí nacer-, pero tampoco me quejo. Pasadas las fiebres futboleras de una feliz infancia, el espectáculo ese de la bestia y el hombre del trapo rojo me hizo más llevadera la adolescencia. Ahora, a mis veintitantos, con una licenciatura en Periodismo a la que quiero y odio a partes iguales, sin un duro y más rojo que La Pasionaria (que nooo, que soy muy moderadito, que lo digo pa tocar los huevos), lucho por no hacerme mayor. Por eso, entre otras muchas razones (la de mucho trabajo y poco dinero también puede valer), dejé de engordar mi panza en la redacción de un diario digital y me fui a Londres. Recién llegado del Reino Rancio, con la tranquilidad del que sabe que el de enfrente también habla castellano, abro las ingles de mis sesos para dar a luz a este cuaderno escrito a base de cuchilladas. No por nada, sino porque el que lo escribe se llama Israel Cuchillo Castillo y se crió en la Muy Noble y Muy Leal Villa de La Roda (Albacete).

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