Cuando pasan cosas como ésta, me quedo sin argumentos para legitimar la lidia y muerte de un toro (utrero en este caso) de lidia. Los picamos, banderilleamos y matamos a estoque, ¿Y encima les mermamos las defensas? Pues yo dejo de defender ésto, igual si me pongo al día con lo de la Fórmula 1 también puedo ser feliz.
Ah, y aquí el malo de la película no es el que lo denuncia, sino el que comete la trampa. Y si usted no quiere que le pase nada a su hijo, póngalo a hincar codos. Claro que, entonces, no se va a poder prejubilar usted para ir de la finca a la plaza y de la plaza a la finca con la barriga llena de langosta. Y enséñenle a inventar excusas más compactas, que es que encima hace el ridículo, coño.
Y para Tomás Campuzano, mis respetos.
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Pues eso, a hincar los codos. De todas formas el afeitado es un mal muy generalizado.
Hasta tal punto, que un novillero que no llena plazas, ni se habla de él todos los días, se atreve a decir que no torea sino afeitan el ganado.
Los padres que quieren ser apoderados y mafiosos terminan jodiendo la carrera de sus hijos.
A lo apuntado ayer por Charro en los blogs de Jorge Montero y Rosa Jiménez Cano, hay que añadir lo que comenta Noe Jiménez en el mío. La misma historia se repitió en Villar del Prado y estuvo a punto se suceder, de no ser por la amistad que parece que tiene Tomás con los empresarios, en Cadalso de los Vidrios. Si seguimos tirando de la manta nos va a quedar un dossier de los más curioso sobre David Luque. Hay que felicitar, hoy más que nunca, a Jorge y a Vicente Sánchez por haber levantado la liebre. Tienen tela el novillerete y su papuchi.