Uno de los finales más bellos que recuerdo
Comencé a leer Historia de dos Ciudades porque, recién llegado de mi exilio londinense, necesitaba convencerme de que alguna vez, en alguna parte, existió algún inglés inteligente. Y pensé que ese Charles Dickens que todos conocemos por Oliver Twist y Canción de Navidad quizá debía serlo.
Acideces aparte, también quería hacerme una idea de cómo sería la vida real de aquel pomposo Londres victoriano con cuyos vestigios me he tropezado a diario durante más de cuatro meses.
Pero Historia de dos ciudades es más historia de una ciudad que de dos. La París revolucionaria borracha de sangre azul se lleva la gran mayoría de las páginas de una novela que, sin cambiarme la vida, siempre recordaré por tener uno de los finales más tremendos que me he echado a los ojos: Una historia de amor conmovedora y limpia, cincelada en sólo un puñado de renglones, los necesarios para transportar a los amantes de la cárcel al patíbulo en una carreta atestada de condenados a la guillotina.
Esta precipitada historia de amor justificaría por sí sola la lectura del libro, pero hay más: una trama que engancha, y una brutal descripción, a pie de calle, de las primeras embestidas de la Revolución francesa.
Creo que para estos días de ganduleo, mejor que pegarse una tunda de sudokus o de Tomb Raider, Historia de dos ciudades.

pablo dijo
yo tambien disfrute leyendo ese libro... lo lei porque lo nombraron en los Simpson... fíjate tú que motivo tan tonto...
19 Agosto 2006 | 07:57 PM