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La Coctelera

Cuchilladas

Tajos de pensamiento para descongestionar una vida hipertensa

19 Agosto 2006

Uno de los finales más bellos que recuerdo

Comencé a leer Historia de dos Ciudades porque, recién llegado de mi exilio londinense, necesitaba convencerme de que alguna vez, en alguna parte, existió algún inglés inteligente. Y pensé que ese Charles Dickens que todos conocemos por Oliver Twist y Canción de Navidad quizá debía serlo.

Acideces aparte, también quería hacerme una idea de cómo sería la vida real de aquel pomposo Londres victoriano con cuyos vestigios me he tropezado a diario durante más de cuatro meses.

Pero Historia de dos ciudades es más historia de una ciudad que de dos. La París revolucionaria borracha de sangre azul se lleva la gran mayoría de las páginas de una novela que, sin cambiarme la vida, siempre recordaré por tener uno de los finales más tremendos que me he echado a los ojos: Una historia de amor conmovedora y limpia, cincelada en sólo un puñado de renglones, los necesarios para transportar a los amantes de la cárcel al patíbulo en una carreta atestada de condenados a la guillotina.

Esta precipitada historia de amor justificaría por sí sola la lectura del libro, pero hay más: una trama que engancha, y una brutal descripción, a pie de calle, de las primeras embestidas de la Revolución francesa.

Creo que para estos días de ganduleo, mejor que pegarse una tunda de sudokus o de Tomb Raider, Historia de dos ciudades.

servido por cuchilladas 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

pablo

pablo dijo

yo tambien disfrute leyendo ese libro... lo lei porque lo nombraron en los Simpson... fíjate tú que motivo tan tonto...

19 Agosto 2006 | 07:57 PM

elcharly

elcharly dijo

Lo apunto para leer próximamente...Aunque ahora estoy en una época Unamuniana....

19 Agosto 2006 | 09:59 PM

Alfanhui

Alfanhui dijo

Dickens y Faulkner son debilidades. En pocas líneas has sintentizado el zumo de la novela y además has seducido a leerla
Te doy otra, esta no es de Dickens
Rojo y Negro, de Stendhal. Obra maestra

20 Agosto 2006 | 11:27 AM

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Sobre mí

No elegí nacer en aquel lugar ni en aquel momento -ni siquiera elegí nacer-, pero tampoco me quejo. Pasadas las fiebres futboleras de una feliz infancia, el espectáculo ese de la bestia y el hombre del trapo rojo me hizo más llevadera la adolescencia. Ahora, a mis veintitantos, con una licenciatura en Periodismo a la que quiero y odio a partes iguales, sin un duro y más rojo que La Pasionaria (que nooo, que soy muy moderadito, que lo digo pa tocar los huevos), lucho por no hacerme mayor. Por eso, entre otras muchas razones (la de mucho trabajo y poco dinero también puede valer), dejé de engordar mi panza en la redacción de un diario digital y me fui a Londres. Recién llegado del Reino Rancio, con la tranquilidad del que sabe que el de enfrente también habla castellano, abro las ingles de mis sesos para dar a luz a este cuaderno escrito a base de cuchilladas. No por nada, sino porque el que lo escribe se llama Israel Cuchillo Castillo y se crió en la Muy Noble y Muy Leal Villa de La Roda (Albacete).

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