que Sabina antes de iniciar su última gira americana, que ha sido un palizón, le pidió una foto de toros que a él le gustara para proyectar ante de empezar los concierto. José Tomás eligió una foto hecha en la plaza de Lima. De izquierda a derecha, posando antes de hacer el paseíllo, estos tres colosos: Fermín Espinosa, Manolete y Domingo Ortega, liados en sus capotes. Vamos, sale ahora esa terna a escena si pudiéramos resucitarla, y pone esto a echar humo. De todas formas, gracias, Joaquín por avalar con tu postura de figura internacional, un melonar con sus meloneros.
Los genios (tres), que están condenados a entenderse.
Un delito es lo que es. A los que lo han escrito no les voy a decir nada, bastante tendrán con ser como son. A los responsables últimos de que salgan esos comentarios, que se pongan las pilas para que no vuelva a ocurrir. Un poco de responsabilidad, por favor.
No quise marcharme de Periodista Digital sin haber podido hacer algo rojo. Lo conseguí.
Gracias a Borja (que se nos casa) por la infografía y a Rosado por tener la cámara siempre a punto. Por cierto, chavales, casi un año ya hace de esa foto.
Quedábame pendiente algún post más sobre mi viaje a Eurocopter Marsella. Pues bien, Muñoz Molina me lo ha escrito y publicado el sábado 27 en las páginas de opinión de El País. Adecúense los topónimos a donde corresponde, límense las connotaciones anti nacionalistas del texto, y aplíquese en frío. (Aunque mis preferencias políticas están claras, procuro no perder mi espíritu crítico. Los dignatarios son, en este caso, la Junta de Comunidades, sociata, de Castilla-La Mancha).
Los dignatarios -da igual el partido o el territorio al que pertenezcan- cultivan un delirio grandioso de política internacional, y viajan por el mundo con séquitos más propios de sátrapas que de gobernantes democráticos, con jefes de prensa y de protocolo, con asesores, con periodistas, con fotógrafo de corte y cámaras de televisión, incluso con pensadores áulicos, en algún caso muy selecto. Se alojan en los mejores hoteles y gastan el dinero público con una magnanimidad de jeques petrolíferos. Viajan con el pasaporte de un país cuya existencia niegan y utilizan los servicios diplomáticos y consulares de un Estado al que no se consideran vinculados por ninguna obligación de lealtad, y aseguran que el motivo de tales viajes es la promoción internacional de sus respectivas patrias, provincias, principados, o reinos: obtienen, es verdad, una gran cobertura mediática, si bien no en los periódicos del país que han visitado, sino en los de la comunidad o comarca de origen, en la que todo el mundo parece aceptar sin sospecha el delirio de los resultados provechosos del viaje, así como la cuantiosa inversión necesaria para que sus excelencias celebren en Nueva York o en Melbourne una mariscada suculenta de la que habrían disfrutado lo mismo sin marcharse tan lejos, o hagan unas declaraciones a la televisión autonómica o al diario local a seis mil kilómetros de distancia.
Un momento de la rueda de prensa en Marignane y mi caligrafía árabe:
Confesaba hoy Gemma Nierga que al enterarse de la muerte de Kapuscinski, se le coló en la mente Iñaki Gabilondo. A mi me pasa que cada vez que me encuentro con el nombre del periodista polaco, de forma automática aparece el de mi profesor de redacción periodística (2º de carrera), Bernardino M. Hernando. Lo de que guarden cierta similitud física es lo de menos. Lo de más, que fue él quien me descubrió (nos descubrió) a Kapuscinski y, sobre todo que, con su forma de ser y de enseñar, hizo suya aquella célebre sentencia de que Los cínicos no sirven para este oficio. Porque Bernardino era (es, espero) una buena persona. Y no sólo porque con ir a clase y hacer un par de trabajos ligeros aprobaba, no: es que era buena gente de verdad. Nos conocía a todos por nuestro nombre, nos invitaba a comer a su casa y, ahí va eso, eruditos catedráticos, volcaba toda su sabiduría no en putearnos con teorías pastosas y mierdas por el estilo, sino en transmitirnos su amor hacia el periodismo y en enseñarnos a escribir bien.
¿Y qué era para Bernardino escribir bien? Pues aparte de escribir con correción, por supuesto, escribir con sencillez. Nada más. Y nada menos, joder. Él fue quien me explicó que una deflagración no es una explosicón (a muchos redactores parece que no se lo han explicado), o que la horrorosa construcción de infinitivo aéreo seguido de 'qué' es incorrecta: "Decir que, señalar que, apuntar que...". Regla de oro: lo que se pueda decir en una palabra, se dice en una palabra y no en dos ni en tres. Su credo. Y sobra.
Mejor o peor, como escribo es en buena parte culpa de Bernardino. Me invitó a limar las arabescas construcciones sintácticas y léxicas que convertían mis escritos de segundo de carrera en jeroglíficos, y el cambio fue como de la noche al día.
Su método no incluía importanciosas explicaciones de voz engolada ni citas aristotélicas: corrección de textos publicados en los periódicos del día, diez minutos de escritura, charleta amable de batallitas de redacción, recomendaciones literarias... y asistencia a clase. El examen ya nos lo haría la vida; él, no, porque no concebía la docencia como una serie de procedimientos encauzados a superar el cinco, sino como aprendizaje.
Y fue ahí, en las batallitas de redacción y en las recomendaciones de lectura, donde me encontré por primera vez con Kapuscinski. Bernardino lo adoraba. Nos recomendó Ébano, aunque yo preferí el brutal Cabeza de turco, de Günter Wallraff. Un año después, Ébano me estaba acompañando en todos mis trayectos por el metro de Madrid. Cuando termine Oh Jerusalén, pienso hincarle el diente a El Imperio.
Hoy, 24 de enero, San Francisco de Sales, patrón de los periodistas, y con Ryszard Kapuscinski de cuerpo presente, vaya mi homenaje al profesor que hizo carne aquello de que los cínicos no sirven para este oficio. Lástima que no sea verdad.
No tengo ABSOLUTAMENTE NADA en contra de él, y ojalá se convierta en el figurón del toreo que necesitamos, vaya por delante. Pero la carrera taurina del modelo de Armani ha sido hasta el momento Los mundos de Yupi -no entro a valorar calidades ni capacidades, porque apenas lo he visto en reportajes de televisión-. Me congratulo de que por una vez en la vida la imagen del toreo para las masas no sea ni el garrulo analfabeto gracioso ni el hortera rancio, sino un jovenzote buenorro, culto, con idiomas, natural, modernete y al tiempo respetuoso con su profesión. Qué mezcla tan maravillosa.
Ya digo que no tengo absolutamente nada en su contra, aunque fueran tres líneas que hacían referencia a él -y, fundamentalmente, mi posterior cabezonería- las que me quitaran de haberme podido algún día ganar el pan en la redacción de la Plaza de Oriente. Porque en Los Mundos de Yupi uno es intocable para la prensa.
Las últimas líneas nunca llegaron a la imprenta. Hoy desfilan para vosotros. Colección septiembre 2006, Israolo Cuchillani:
PARA VERLO EN PLAZAS BUENAS
Para que en Arganda del Rey se jaleen tandas de naturales ya tiene que estar pasando algo importante. A Agustín de Espartinas se las jalearon. Esta vez el pasota público argandeño se metió en la faena por la importancia del novillo y por lo intenso del trasteo. Tiraba de la embestida el sevillano, exigiéndole por abajo, y el enrazado alcurrucén respondía. El envoltorio, una figura empacada que hacía lo bueno, además, bello. Le cortó las dos orejas a éste y una a su manejable primero.
Era la décima novillada de una temporada desarrollada en plazas menores –la más importante ha sido la de El Puerto de Santa María- y con triunfos de nula repercusión. Por lo visto en Arganda, el circuito de Agustín no es precisamente el de los pueblos. Su toreo encontrará mayor receptividad y lucirá más en las plazas buenas con aficionados que saboreen el toreo y no con público que lo masque a dos carrillos. Si me equivoco o no lo pueden encontrar en las páginas de esta revista, en la crónica de su presentación en Sevilla (estas líneas se teclean tres días antes).
Agustín Pérez, que se hizo aficionado yendo a los toros de la mano de su padre, pasó por las escuelas de Camas y Espartinas, donde comenzó su vinculación con la casa Espartaco, hoy ya formalizada en apoderamiento. Quince novilladas sin caballos, y a los del castoreño a principios de 2005. ¿A qué tanta prisa? Dicen que para torear un buen puñado de novilladas por delante del más famoso de los novilleros dinásticos, que debutaría sólo días más tarde. Luego no fue así. Quizá el telonero no tenía que ser tan bueno.
Vale, sí, seis mil tíos trabajando en ochocientos mil metros cuadrados es impresionante y tal, pero mi visita a Eurocopter Marignane siempre la recordaré por la cena. Cuando me estaba comiendo los erizos de mar, pensaba: "Esto es lo mejor que he probado en mi vida". Pero es que cuando llegó el buey de mar con la espuma, imagino que de huevo batido crudo -la verdad, que ni puta idea de lo que comí, era todo muy raro y la carta estaba en francés-, los erizos se convirtieron en lo segundo mejor que he comido en mi vida.
Me ha dado mucha pena cagar esta tarde lo no asimilado por mi intestino delgado de esos manjares.
Por cierto, ¿cómo no iba a darnos bien de cenar un tío que preside una compañía que en 2005 facturó más de 3 billones de euros?
Luego os contaré algo de la parte seria del viaje, que ahora no apetece. He dormido menos de cuatro horas.
Mama, mañana cuando vayas a la pescadería tienes que pedir así:
Ponme cuarto y mitad de sardinas, de esas de los ojos brillantes, sí. Te iba a pedir medio kilo, pero es que mi Israel no cena esta noche en casa porque está en Marsella. Por motivos de trabajo, sí, sí, que lo ha mandado su jefe a la planta esa de fabricación de helicópteros Eurocopter, que como ya van a poner una aquí en Albacete, pues se va a ver en qué consiste aquello. Ah, y qué tranquila que me quedo, que se van todos los de la prensa en un vuelo fletado sólo para ellos y para las autoridades.
No todo iba a ser miseria en esta profesión, joder.
P.D. Este post no es una parodia, es una recreación de una realidad que se repite (desde luego que por parte de mi madre no) una y mil veces. La de madres (y padres, que diría Ibarretxe) que hay que no tienen hijos camioneros, sino técnicos ejecutivos de transporte en carretera, por poner lo primero que se me viene a la cabeza. Pilláis la idea, ¿no?
No elegí nacer en aquel lugar ni en aquel momento -ni siquiera elegí nacer-, pero tampoco me quejo. Pasadas las fiebres futboleras de una feliz infancia, el espectáculo ese de la bestia y el hombre del trapo rojo me hizo más llevadera la adolescencia. Ahora, a mis veintitantos, con una licenciatura en Periodismo a la que quiero y odio a partes iguales, sin un duro y más rojo que La Pasionaria (que nooo, que soy muy moderadito, que lo digo pa tocar los huevos), lucho por no hacerme mayor. Por eso, entre otras muchas razones (la de mucho trabajo y poco dinero también puede valer), dejé de engordar mi panza en la redacción de un diario digital y me fui a Londres. Recién llegado del Reino Rancio, con la tranquilidad del que sabe que el de enfrente también habla castellano, abro las ingles de mis sesos para dar a luz a este cuaderno escrito a base de cuchilladas. No por nada, sino porque el que lo escribe se llama Israel Cuchillo Castillo y se crió en la Muy Noble y Muy Leal Villa de La Roda (Albacete).