Unas encuestas revelaron en 1995 que los medallistas olímpicos de bronce estaban más contentos que los que habían ganado la plata, ya que se comparaban con aquellos que no habían subido al podio, mientras los clasificados en segundo lugar tenían pesadillas porque creían que se les había escapado el oro.
Llego al final de la semana con la sangre hecha lava. Por varios motivos. Lo último, tener que escuchar al subalterno decirle al matador: "¿Por qué coño te vas a ir a los medios con el toro? ¿Y encimas piensas quedarte quieto? Pues mira, yo no voy a correr si tengo que salir a hacerte el quite, no te jode, aquí por el capricho del tonto éste que quiere pegarle pases al toro voy yo a tener que pasar un mal rato...".
Alguno, por conversaciones que hemos mantenido, ya sabrá qué encierra la parábola de Cuchillo. Los demás, imagino que ni flores. No quiero ser más explícito, ni quiero que lo expliciten los que pueden. Pero por lo menos que os hagáis una idea de por dónde mea la perra.
Para los tontos: el matador soy yo.
Lo dijo el profesor de Tecnología de la Información Audiovisual en clase: "El último gran tabú que le queda por superar al ser humano es el de la muerte. Supondría un gran paso para la humanidad". A fuego se me quedó grabado aquello.
Y Madeleine nos lo pone en bandeja ahora. El que se hable de eutanasia sí o no, pero más: que la muerte deje de ser un tabú, que la tratemos con la misma naturalidad con la que ya hablamos de cómo la metemos y con qué frecuencia. Es difícil, ya, pero hace cuarenta años era impensable que se hablara en un bar de cómo y cuánto la metemos. Desde luego que ha sido un gran paso para la humanidad: ahora a los adolescentes ya no les vale el cuento ese de que hacerse pajas afecta a la médula espinal, ni los jovencitos sueñan con los castigos de Lucifer porque el finde pasado lo hicieron con la novieta.
Si la desaparición del tabú del sexo nos ha relajado la vida de tal manera, ¿qué nos supondría llegar a ser capaces de hablar de la muerte con total naturalidad?
El abuelo de los Monster -el que iba a quitar el sol de los tendidos de sol de Las Ventas- se habrá quedado a gusto después de todo lo que ha soltado en una charleta de Colegio Mayor. Menudo regalo para los diarios deportivos, ya hay titulares y material para lo que queda de temporada. ¿Que no? Mira:
Siempre ha sido una niña inquieta. Decidió estudiar peluquería, pero yo siempre pensé que este mundo se le quedaría pequeño. Es una niña bonita e inteligente que se suelta en los medios, y a ella le atrae este mundo.
Señora, no perdamos los papeles. Su niña sale guapísima en las fotos de Interviú, pero que la hayan detenido por error en Cancún y que a raíz de esa triste popularidad haya aprovechado para enseñar las tetas en la revista, embolsándose 60.000 euros (ha hecho muy bien), no son méritos suficientes ni para ser tertuliano de Ana Rosa, que es lo que ella quiere, ni para trabajar en la tele, si no es de limpiadora.
¿Y estos licenciados que SUEÑAN con ser mileuristas, qué pensarán?
Con el papel de regalo de los Reyes asomando todavía por los contenedores, el castigador de sentimientos que es Pepino decide actuar y cuelga este vídeo en su huerto:
Al escritor José Saramago (Nobel de Literatura en 1998) le escuché decir hace unos años en A Coruña que se estaba formando un ser humano cuyos puntos cardinales son Internet, el estadio de fútbol, la discoteca y el centro comercial. No le falta razón. Si los tres primeros puntos son ocio puro y duro, el último empieza a ser una rutina peligrosa para algunos. Esa idea me viene siempre a la cabeza cuando veo a esas pandillas de adolescentes deambulando horas y horas por pasillos comerciales, aferrados al móvil, hablando entre ellos vía SMS y casi siempre con cara de... ¿y ahora qué hacemos?
Esta ganga, que me hace más delgado y se puede lavar en frío, la encontré en las rebajas de La Huella Digital.
Vamos a tutearnos que se entenderá mejor. Cuando, por ley de vida, arramblaron con vuestra existencia y por ende con mi inocencia, comenzaron a aparecer ante mis ojos otros malos, además de los ya conocidos hermanos Dalton, Gárgamel y los indios de las pelis: malos cotidianos de carne y hueso. Por el camino, descubrí que lo de la cigüeña y París era otro timo, y entonces me dio por pensar que si papa -sin tilde; yo, como los gitanos- y mama habían sido capaces de hacer esa guarrada, igual había que empezar a poner en tela de juicio su santidad y perfección. Y ya no dejé de pensar ni de poner en tela de juicio, no pararon de aparecer malos, mucho más malos que los malos de los dibujos; más adelante, con las primeras pelusillas bajo la nariz, las niñas dejaron de ser seres coletudos o diademeros tontos (¿cómo podía no gustarles el fútbol?) para convertirse en tetas y totos tontos, me empecé a dar cuenta de que de mayor no iba a ser futbolista ni el batería de Europe...
Queridos Reyes Magos: volved. Con mi inocencia.
No elegí nacer en aquel lugar ni en aquel momento -ni siquiera elegí nacer-, pero tampoco me quejo. Pasadas las fiebres futboleras de una feliz infancia, el espectáculo ese de la bestia y el hombre del trapo rojo me hizo más llevadera la adolescencia. Ahora, a mis veintitantos, con una licenciatura en Periodismo a la que quiero y odio a partes iguales, sin un duro y más rojo que La Pasionaria (que nooo, que soy muy moderadito, que lo digo pa tocar los huevos), lucho por no hacerme mayor. Por eso, entre otras muchas razones (la de mucho trabajo y poco dinero también puede valer), dejé de engordar mi panza en la redacción de un diario digital y me fui a Londres. Recién llegado del Reino Rancio, con la tranquilidad del que sabe que el de enfrente también habla castellano, abro las ingles de mis sesos para dar a luz a este cuaderno escrito a base de cuchilladas. No por nada, sino porque el que lo escribe se llama Israel Cuchillo Castillo y se crió en la Muy Noble y Muy Leal Villa de La Roda (Albacete).