La muerte hace su trabajo como el basurero que recoge la basura o el carnicero que desolla a los corderos y ¡ay si alguna vez dejara de trabajar! Es parte esencial e imprescindible de nuestra vida; ¿quién si no nos iba a rescatar de ese limbo de decrepitud comatosa que ni es vida ni es muerte y hacia la que caminamos día a día? La muerte puede con todos, pero no con nuestros afectos. Se porta bien Saramago con la muerte.
"Al día siguiente no murió nadie", arranca la última novela del portugués. Ni al siguiente del siguiente ni del siguiente del siguiente. Euforia y caos. Desconcierto. Condenados a la vejez de por vida. El gobierno, preocupado por las pensiones; las aseguradoras, por los seguros de vida; las funerarias reconvierten su negocio hacia los animales, que sí mueren; la 'maphia' organiza escapadas eutanásicas al otro lado de la frontera, donde la Parca no se ha tomado vacaciones.
Esta trama panorámica, mediada la narración, comienza a planear cada vez más a ras de suelo. No sigo, sigue tú.
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También de Saramago, Todos los nombres
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Qué ganas de leerlo
y de que lo lean.
A ver si se enteran
de que se puede escribir de toros
en letras de oro
y con la lengua suelta
de un alma malasañera.
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La de desvelos de dignatarios, penurias de la población, ilusiones y frustraciones, odios y amores, balas, granadas y obuses, muertos y mutilados, actos heróicos y cobardes que se sucederían entre el 29 de noviembre de 1947 y el 17 de julio de 1948 en Palestina. La primera fecha corresponde al visto bueno de la ONU para la partición del territorio en sendos estados judío y árabe; la segunda, al alto el fuego que consolidaba las fronteras del recién nacido Israel y partía en dos a Jerusalén. Pues bien, casi desvelo por desvelo de dignatario, y bala por bala y obús por obús disparados en la ciudad santa y aledaños en aquellos meses de ilusión, rabia e infierno, están registrados en el monumental Oh, Jesusalén, de Lapierre y Collins. Pero lejos de apolillarse en un inventario de materiales, fechas y hechos, es un relato novelizado (y riguroso) en el que detrás de cada decisión diplomática o militar, hay carne y hueso y emociones. Y por debajo de esas decisiones, árabes y judíos de la calle, cada uno con su historia particular -casi historia por historia particular- que canalizan sus ilusiones y sus odios en función de las decisiones de los de arriba. Para Lapierre y Collins ni unos ni otros son ni los buenos ni los malos: los malos son los británicos.
Aunque llega a saturar tanto asalto a kibbutz, tanto detalle y tanta historia particular (que os deslumbrará en los primeros tramos de la obra), merece la pena dedicarle un mesecito a sus 700 páginas. Buena parte de los lodos del mundo de hoy son de aquellos polvos.
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También de Dominique Lapierre, Érase una vez la URSS
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Una especie de Gollum de la Francia pre-revolucionaria, escoria de las escorias, disfruta de un olfato sensible como el de una jauría. Su percepción del mundo y su anhelos se limitan a lo que capta por la nariz. Y con eso, un best-seller que no aporta más que algunas ingeniosas descripciones odoríferas. Me contó una persona que El Perfume le cambió la vida, porque desde que lo leyó percibía los olores de forma distinta. A mí sólo me ha servido para amenizar las horas muertas de entre la comida y la vuelta al curro. Y para quedarme tranquilo: Ya puede venir El Perfume cinematográfico de Tom Tykwers a triturar el que ha construido mi memoria con las instrucciones de Patrick Süskind.
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Hace una semana dudaba entre si era un gilipollas, un mentiroso o mi ídolo. Después de leer post como éste me voy aclarando. Soy amigo -qué coño amigo, un enamorado- de la provocación, de lo políticamente incorrecto, del escándalo. Pero no de lo soez y lo bajo.
El tío Arsenio -en su blog se aprende más periodismo que en la facultad-, ese que no quiere que en las páginas del 20minutos haya salpicones de sangre de toro bravo, quizá debiera pensar en si un diario de información general es sitio para alojar lecturas tan instructivas como la historia de la tarde en que le metí a Natalia un dedo por el culo y otro por el coño pero que no me la llegué a follar porque me dijo que no quería ponerle los cuernos a su novio.
O que le pregunte a los lectores, como suele hacer.
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No sé si es un gilipollas, un mentiroso o mi ídolo. El caso es que me he tirado media mañana leyendo sus relatos y su blog profesional. Me dan ganas de abandonar el mío.
(P.D. Éste seguro que ha leído a Bukowski)
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Frases cortas de sujeto, predicado y complemento, ni una figura, ni un alarde, casi de redacción de colegio. Tacos, muchos tacos, mierda, joder, hijo de puta, mucha expresión de película americana mal doblada ("voy a patear tu jodido culo"), ausencia de trama, situaciones inverosímiles y redundancias.
Pues de toda esta mierda, como él lo etiquetaría, sale una narración vertiginosa, descojonante, cruda como la dentellada del tigre al cervatillo, genial, abrumadora. A lo mejor si no es Bukowski el que lo escribe no vale, pero como es él...
En La senda del perdedor recrea su infancia y juventud, y para mí también ha sido como novelar el fracaso de un amigo del instituto, quizá el tío más inteligente con el que me he topado en la vida y que porque la frase de Ortega esa de "Yo soy yo y mis circunstancias" es una verdad como un templo, no le han ido las cosas como merecía.
Mi amigo también era un Chinaski de mente lúcida. No había hueco en su cabezón (menuda almendra gastaba el chaval) para la esperanza visto lo que tenía en casa y alrededores. Pragmático y realista, bien sabía que los ratones son unos bichos repugnantes y no Mickey Mouse. Llevó sus circunstancias -padre borracho y cocainómano- con pasotismo y resignación y sin ningún resentimiento hacia los que nos metían con embudo las oportunidades que él nunca iba a tener.
Leer a Bukoswki es ver Los Simpson sin almíbares ni profilácticos. No te lo recomiendo como compañero de viaje en el transporte público. La gente todavía te mira raro si te empiezas a descojonar mientras lees. Y es verdad, queda raro. A mí me pasó con Música de cañerías, que es la mejor manera de empezar a digerir a este borracho: a sorbitos, en relatos cortos.
Si aún te falta un empujón, te dejo un par de pasajes de La senda del perdedor, uno guarrete y divertido, y otro que es todo un tratado de filosofía:
Esperamos y esperamos mientras la señorita Gredis seguía hablando de la contraposición de las culturas inglesa y americana. Esperamos, mientras Richard Waite seguía y seguía. El puño de Richard golpeaba contra los bajos de su pupitre y todas las niñas se miraban entre sí mientras los chicos pensaban qué coño hacía en clase ese tonto del culo. Lo iba a estropear todo. Un solo gilipollas como ese y la señorita Gredis bajaría su falda para siempre.
«BUMP, BUMP, BUMP, BUMP...»
Y entonces se paró. Richard seguía sentado inmóvil. Había acabado. Le lanzamos unas cuantas miradas furtivas. Parecía el mismo de siempre. ¿Estaría el esperma sobre su regazo o en su mano?
El timbre sonó. La clase de Inglés había acabado.
Podía ver el camino que se abría frente a mí. Yo era pobre e iba a continuar siéndolo. Pero tampoco deseaba especialmente tener dinero. No sabía qué es lo que quería. Sí, lo sabía. Deseaba algún lugar donde esconderme, algún sitio donde no tuviera que hacer nada. El pensamiento de llegar a ser alguien no sólo no me atraía sino que me enfermaba. Pensar en ser un abogado, concejal, ingeniero, cualquier cosa por el estilo, me parecía imposible. O casarme, tener hijos, enjaularme en la estructura familiar. Ir a algún sitio para trabajar todos los días y después volver. Era imposible. Hacer cosas normales como ir a comidas campestres, fiestas de Navidad, el 4 de Julio, el Día del Trabajo, el Día de la Madre... ¿acaso los hombres nacían para soportar esas cosas y luego morir? Prefería ser un lavaplatos, volver a mi pequeña habitación y emborracharme hasta dormirme.
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